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    Después de haber recorrido la Nakasendō en primavera, verano y otoño, ¿cómo podía faltar el invierno? Así que volví un día nevado de invierno.
    Quizás por el frío, casi no vi a nadie por el camino. Cuanto más subía, más espesa era la nieve acumulada. Mientras caminaba por aquel mundo plateado de ensueño, de vez en cuando caía una gran cantidad de nieve de los árboles, aportando un poco de emoción y peligro a aquel mundo silencioso. En varios puntos del camino había varas de bambú de distintas longitudes, seguramente un detalle de los habitantes del pueblo para evitar que los viajeros se resbalaran.
    ¡En apenas unas horas de recorrido, mi cuerpo, mente y espíritu quedaron completamente purificados! Cuando llegue la primavera, sin duda volveré a recorrerlo.

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